lunes, 9 de mayo de 2022

PUNTO DE JABA




uno


No quiero abandonar 

lo que crece dentro de mí,

aunque haya dejado de crecer,

o germine lento porque dude,

o asome a la superficie cuando ame, 

o se esconda si no hay música, poema

o naturaleza por descubrir.


No quiero abandonar 

lo que crece dentro de mí,

aunque haya nacido babosa 

en un mundo hecho de sal, 

o flor en un mundo de floristas 

y haber compartido raíces con la flor anterior,

ver mis pétalos sobre la tierra, 

o sobre las manos del hombre 

que lleve a su amada una flor.


No quiero abandonar 

al niño que corre a la plaza, 

se hamaca, deja pasar el tiempo, 

vuelve cuando acaba el sol, 

y la casa está dormida,

y ya es hombre,

y sus recuerdos atraviesen su tristeza,

y los duerman posando luz en sus manos,

y lo empujen al mundo dormido

como el cielo a las nubes que mueren,

como si hubiera olvidado sus alas 

en algún lugar de la ciudad 

y nadie supiera de ellas.



dos


El niño baja de la cuna 

y se sienta en el piso alfombrado. 

Una pared azul, el principito vuela atado 

a una bandada de pájaros.  


Sale a la noche, al pasto húmedo. 

Un perro sin ojos se le acerca, 

el niño lo agarra de una oreja, 

el perro le lame la cara,

lo empuja con el hocico, 

El niño tambalea.

El perro ladra.


Donde se ven las luces

los grandes beben y ríen.

El niño camina eléctrico 

hacia el campo, 

el perro lo sigue, 

y se pierden bajo la noche.



tres


Una mujer borroneada frenó el paisaje,

en su cara vi el color de mi horizonte.

Y su sonrisa.

Y mi vergüenza.

Y su voz en la niebla.

La casa incendiada a mis espaldas.

Los libros.

Los besos de espuma,

y los niños que juegaban en su panza.


Aprendí a caminar con las manos

sobre un campo minado.

Y su voz en la niebla

Y los besos de espuma. 

Y su sonrisa. 

Y mi vergüenza.



cuatro


Tus ojos de deshielo.

El aire sin vestir 

y el otro tiempo

en este suelo.


El viento no siempre mueve

las hojas cuando quiere,

a veces muere en un día bueno.


Un cuerpo se te escurre entre los dedos.

Nadie entiende al devenir en el silencio.


Una vida desvelos.

Una mujer a desvestir.

Un amigo cuando un duelo.



cinco


El padre de mi amigo podía lograr 

que lo extrañase durante las vacaciones. 

Podía dibujar lo que yo le pidiese.

Podía atar bolsitas de plásticos a las patas de los sapos 

y tirarlos del segundo piso de la casa de la playa. 

Podía ponerle las ruedas de los autos de plástico 

al caparazón de una tortuga para que resbalase 

sobre los cerámicos del comedor.

Podía ponerse un mascara y pintarse de verde 

para ahuyentar a los Testigos de Jehová. 

Podía hacerme reír hasta rogarle. 

Podía ponerse de mal humor 

y atormentar a mi amigo. 

Podía poner una guitarra en mis manos

 y cambiar mi vida para siempre. 



seis


María quiero contarte que te vi en un sueño. 

Tenías el pelo blanco, y la cara más arrugada. 

Me hablaste en idish. 

Me mostraste que yo estaba bautizado

Yo aparecí en el campo.

Escuché llorisquear a un perro

Me descalcé y entré en un pozo. 

Sentí frío y el barro entre los dedos de mis pies. 

Me acosté boca arriba. 

Puse las más manos detrás de mi cabeza, 

el cielo era un mar oscuro y floté entre las estrellas.



siete


No sé si podemos reparar

el castillo que los niños

construían en tu falda.

Si fuiste jaula sin pájaro, 

o pájaro sin jaula.

Si estaba acostumbrado

 a la pesadumbre del día.

Si buscaba tus labios,

como si mirara el mar.

No sé si debería correr para

que al fin veas mi espalda,

o encontrarte de 

mañana en mi vejez.



ocho


Dejé de buscar a Dios.

Dejé de dibujar sobre azulejos.
Dejé de silbar mientras camino.
de besar, de defenderme.

de reírme con mi hijo.
Dejé a mi hermano
y a mi sombra con él.
Dejé amigos y amigos de amigos.
Dejé de buscar la voz de mi madre antes de dormir.

Dejé de dormir, de pensar.

Podría haber dormido sobre tus piernas,

y no lo hice y pasó el tiempo.

Ni pisé pasto, ni miré el cielo.

Tiré dardos a tus fotos y las terminé quemando.

y no supe que se dormía el mundo.

y me comí tus flores.

y nacieron peces en mi sangre.



nueve


Hubieron personas que me pasearon

como si fueran cometas.
Pude cruzar el universo sobre ellas. 

y la vida se volvió más leve. 
Dejé castigarme 

al menos por un tiempo 

y pude mirarme desde el cielo. 

Debería haberlas cuidado como 

si paseara a un niño por

algún lugar de la ciudad.


Algunas fueron perdedoras e invisibles.

Otras viajeras de colores.

Las hubo violentas brujas voladoras. 



diez


Tu mundo no es el mío.

Yo vivo detrás del mundo 

como vivía Onetti.

Cuando se mueve todo 

camino con los brazos estirados,

busco de donde agarrarme.

Un paso adelante y varios para atrás,

como si hubiese aprendido caminar

y ya nadie me pudiese ver.


A veces aparezco en mi ventana.

Cuando la paternidad me lo permite, 

me quedo quieto, miro el cielo 

fumo cada vez menos 

y veo caer la lluvia en silencio.


Y cuando tiemblo, 

rezo, aunque me aterrorice, 

me deje solo y perdido en la noche, rezo.



once


Si lo hubiese imaginado nunca hubiera sido tan bello. 

Que camináramos la tarde conversando, 

que la lluvia interrumpiera el paseo 

y nos obligase a refugiarnos en algún lugar cubierto, 

rodeados de tumbas, y color de mármol viejo 

y ese olor a flores que se pudren sin ser vistas 

en un cementerio al que solíamos cruzar de punta a punta

para almorzar tranquilos entre clases, 

y nos parecía genial para escondernos.

Empapados bajo un cielo que nos parecía quieto. 

Vos congelada, sorprendida. 

Yo cubriéndote los hombros con el saco. 

Vos enamorabas a todos, a mí más que a ninguno. 

Yo no podía ni mirarte.

Te he conocido tantos novios y cuando nos los hubo,

 existió un viaje y te alejaste durante un tiempo.

 Lejos de olvidarte te imagine de mil maneras 

y te sigo recordando como el día que 

no hubiese imaginado sin un beso.



doce


Te busqué entre los grandes.

En casas de heladeras llenas, 

y en las voces de cada cumpleaños. 

En la cara de ladrón en la ventana.

En los chicos que me corrían en la plaza.

En la tormenta que movía las hamacas, 

y en el único amigo.


Te busqué en la primera noche sin padres.

En botellas apiladas en el patio.

En mis poemas indefensos

y la guitarra olvidada.

en la noche de mi hermano, 

en los los ojos de mi abuela, 

en el cuerpo de mi madre 

y el río azucarado de mi sangre, 

en mi refugio transformado en un abismo, 

en la mirada de mi hijo 

desde la vidriera del negocio,

en mi cara con cristales del asfalto. 

Te busqué.



trece


Quizás debería ser con poesía,

es más precisa,

son menos las palabras,

es más sincera la imagen,

más directa la simpleza.

O con música, ya que el sonido de la tierra

afina en una nota conocida,

y el rugido del magma lo anuncia desde siempre,

el murmullo de la naturaleza avisa en los jilgueros,

en los halcones que pasean en las cumbres,

en ballenas que mueren en las costas,

en la sordera del espacio,

en lo completo del mar cuando enfurece,

en el vals que le bailan los planteas,

o en las cosquillas de algún niño,

como el salto de un animal devuelto a la llanura.

Quién te haya visto dando vida

desde la arcilla a esos gorriones

no dejaría tus manos clavadas en madera.

Ni tus palabras en un libro decorado.

Ni tu templo en otro lugar que no sea el cuerpo.

El cielo se raja, anuncia tu partida,

le regalas la hermosura de tu rostro

al cual le surge un pico o una forma puntiaguda.

Levitas rodeado de temblores extraños

y asoman de tus hombros alas coloridas.

Caen al suelo las espinas,

dejan tus ojos sangrados e indefensos,

para tomar de la flor que perfuma atardeceres

el sabor de polen y la ubicación del bebedero.

El último suspiro te alza en vuelo,

abandonas esta tierra y con ella la tristeza

de los hombres que por necios quedarán ciegos.



catorce


A veces me duele el cuerpo.

Si camino, si me duermo.

Siempre es algo diferente.

Se va solo.

Si aparece me asusto.

Siempre me asusto. 

Me late el cuerpo.

Lo niego.

Me acostumbro. 

A veces se mueve todo.

Soy yo temblando.

Me aterrorizo.


A veces necesito parches 

para lo que veo en las personas.

o un decorado delante para mirar el mundo.

o una linterna fija anudada al maxilar.

o un silencio de mirar el cielo,

o las palomas que se ven desde

la ventana de mi baño.

PUNTO DE JABA

uno No quiero abandonar   lo que crece dentro de mí, aunque haya dejado de crecer, o germine lento porque dude, o asome a la superficie cuan...